Parece evidente quién es la “víctima” y quién el “victimario” cuando ocurre una infidelidad, y sin embargo, a pesar de que nunca puede justificarse un engaño tan serio, es indispensable que podamos reconocer las razones que pudieron provocar dicha situación. Además de la aceptación de la falta y la sincera intención de mejorar la relación por parte del infiel, esta será una condición necesaria para lograr la reconstrucción de un matrimonio.
Los efectos del divorcio tienen secuelas que permanecen por el resto de la vida de nuestros hijos. Estar concientes de las repercusiones que podrán tener en la elección de pareja, en la forma en que integran a su familia, etc., nos ayudarán a ser mejores padres para apoyarlos en su formación, aún dentro de la tragedia que implica para la familia un divorcio.
“Yo ya cuidé a los hijos todo el día, ahora te toca a ti”. “Yo siempre soy el que la busco en las relaciones sexuales, ella debería de iniciarlas de vez en cuando…” Estas y muchas otras frases similares se comentan con frecuencia en una pareja, pero ¿es realmente adecuado esperar que un matrimonio divida en partes iguales las responsabilidades del hogar y de la relación?
Cuando nos dejamos vencer por nuestras debilidades, por excusas para no afrontar la responsabilidad que implica ser dueño de tu propio destino, perdemos el control de nuestra vida. La mejor manera de vivir feliz, mejorando nuestro matrimonio, las relaciones que tenemos con hijos, amigos, familia, etc., es adquiriendo el poder de nuestra toma de decisiones, sabiendo hacia dónde vamos y porqué nos encaminamos hacia allá.
La mejor manera de reforzar la autoestima, de trascender como persona, es sobreponiéndonos a la tentación de la recompensa inmediata y actuar de acuerdo a lo que la situación nos demanda. Siempre sabemos qué hacer, es sólo que frecuentemente no lo queremos saber porque nos exige demasiado. ¿Cuáles son las consecuencias de manejarse así?